{"id":2408,"date":"2006-04-15T19:16:46","date_gmt":"2006-04-15T18:16:46","guid":{"rendered":"http:\/\/lauracampmany.com\/?p=2408"},"modified":"2016-11-06T19:21:23","modified_gmt":"2016-11-06T18:21:23","slug":"africa","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/lauracampmany.com\/?p=2408","title":{"rendered":"\u00c1frica"},"content":{"rendered":"<p>Viaj\u00e9 a Senegal en los tiempos de la Guerra del Golfo. El aeropuerto de Dakar era la Corte de los Milagros. Nunca hab\u00eda visto tanta miseria en carne viva. Pasamos la aduana y, en la noche profunda, los mu\u00f1ones oscuros se confund\u00edan con el paisaje. S\u00f3lo de vez en cuando estallaba el fulgor de una sonrisa. Un autob\u00fas nos esperaba, como una cuerda en el vac\u00edo. No s\u00e9 cu\u00e1ntos kil\u00f3metros recorrimos, porque all\u00ed las distancias se miden en horas. Se recortaban en la perfecta llanura las siluetas retorcidas de los baobabs. Cuando llegamos a nuestro destino, una mano piadosa nos tendi\u00f3 un c\u00f3ctel de fruta. Aspir\u00e9 el dulce perfume de la selva y di un sorbo a mi jugo. Creo que en ese momento me desmay\u00e9.<\/p>\n<p>Napole\u00f3n, el muchacho bajito que atend\u00eda nuestro bungalow a pie de playa, no perd\u00eda ocasi\u00f3n de estrechar lazos. Estaba orgulloso de su nombre y no se avergonzaba de su oficio. Nos ve\u00eda salir en bicicleta y nos saludaba con una alegr\u00eda desbordante, como si, escoba en mano, fuera el amo del mundo. Cuando nos cansamos de tanto pedaleo, alquilamos un todoterreno para hacer una excursi\u00f3n por la sabana. El gu\u00eda, espoleado por nuestro asombro, nos mostr\u00f3 con delectaci\u00f3n multitud de huellas extra\u00f1as, p\u00e1jaros ex\u00f3ticos y hormigueros gigantes. Se re\u00eda por todo y no ten\u00eda, a su entender, ning\u00fan problema. Se llamaba Caramba. <\/p>\n<p>En un momento de la excursi\u00f3n, se detuvo ante una caba\u00f1a para que pudi\u00e9ramos conocer a una t\u00edpica familia local: unos padres muy j\u00f3venes, una casa de barro, una legi\u00f3n de \u201cchurumbeles\u201d y unas cuantas gallinas. Los ni\u00f1os nos apuntaban su n\u00famero de pie y sus rocambolescos domicilios en un trozo de papel para que, de regreso a la opulencia, les envi\u00e1semos un par de zapatos. Aunque fueran viejos. Aunque estuvieran rotos. Ellos iban descalzos. Tambi\u00e9n nos ped\u00edan bol\u00edgrafos. Yo no llevaba ni un l\u00e1piz. No importaba, dec\u00edan. Recuerdo haberles hecho una promesa. Ya en Bruselas, un experto en ayuda humanitaria me advirti\u00f3 que no se me ocurriera mandar ning\u00fan paquete a la incierta direcci\u00f3n del papelito, porque no llegar\u00eda.<\/p>\n<p>Y es que a \u00c1frica nunca llega nada. Ni la buena voluntad, ni el eco de las canciones corales, ni la paz, ni los derechos humanos, ni la leche en bote. Y cuando llega, lo que llega siempre acaba en la manga de alg\u00fan miliciano o de alg\u00fan funcionario corrupto. O se lo come la desidia, o el sol, o el Hambre con may\u00fascula, que es un animal de muchas piernas y una sola cabeza. Y a veces ocurre que llega, pero es peor, porque entonces los campesinos abandonan los sembrados, y el suelo se agrieta, y los pozos se ciegan, y ya nadie sabe c\u00f3mo sacarle a la tierra una mazorca, y los hombres se sientan al borde de los caminos a esperar que llueva la limosna: unos granos de arroz para ellos y un fest\u00edn de cart\u00f3n para las vacas.<\/p>\n<p>Desde la isla de Gorea sal\u00edan los esclavos rumbo a Am\u00e9rica como una carga mal estibada en la bodega de un barco. Muchos, la mayor\u00eda, mor\u00edan de sed, de tifus, de malaria\u2026 Emprend\u00edan ese viaje a la fuerza, pose\u00eddos y encadenados. Ahora llegan endeudados y exhaustos a Marruecos o a Mauritania y all\u00ed se suben por decisi\u00f3n propia en un barco m\u00e1s pobre, m\u00e1s estrecho, m\u00e1s sabroso para el apetito de las olas, donde saben que pasar\u00e1n las de Ca\u00edn y donde el mar \u2013 tambi\u00e9n lo saben \u2013 no ser\u00e1 m\u00e1s clemente que los antiguos negreros. A los que consigan llegar a nuestras costas les espera una manta, un bocadillo y algo muy parecido a la esclavitud. Ganar\u00e1n entre diez y quince euros diarios vendiendo falsificaciones y baratijas por las calles. Dormir\u00e1n hacinados en las habitaciones que las mafias les alquilen. No tendr\u00e1n ni pasado ni futuro. Dan pena, porque son valientes e ingenuos. Y dan miedo, porque son muchos. Espa\u00f1a se los trae de paseo a las esquinas de la infamia. Europa s\u00ed sabe, pero no contesta. Y Zapatero se cree Napole\u00f3n. Y sonr\u00ede, como Caramba.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Viaj\u00e9 a Senegal en los tiempos de la Guerra del Golfo. El aeropuerto de Dakar era la Corte de los Milagros. Nunca hab\u00eda visto tanta miseria en carne viva. Pasamos la aduana y, en la noche profunda, los mu\u00f1ones oscuros se confund\u00edan con el paisaje. 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